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Aquel día,chocaron en el alma de José de Calasanz dos realidades: los niños sin letras y sin piedad, y las palabras del Maestro: “Dejad que los niños se acerquen a Mí... El que recibiere a uno de estos pequeñuelos, a Mí me recibe”. Y no sólo los recibió a todos, sino que les entregó también su vida.